Reportes recientes señalan que Funko, la compañía detrás de los populares Funko Pop, atraviesa uno de los momentos más difíciles de su historia. La caída significativa de ventas y el exceso de inventario han puesto a la empresa en una posición crítica. Este posible declive marca un punto de inflexión en el coleccionismo contemporáneo.

Durante años, los Funko Pop funcionaron como tótems de cultura pop accesibles: objetos que permitían a cualquier fan sentirse parte de un universo ficcional. Eran símbolos democráticos del fandom. Sin embargo, la saturación del mercado, la pérdida de exclusividad y la llegada de nuevas formas de coleccionismo digital —como los objetos virtuales o las experiencias interactivas— han erosionado su relevancia.

Más allá de la industria, el fenómeno Funko abre una pregunta cultural: ¿qué coleccionará la generación venidera y qué significará ser “fan” en un mundo donde los objetos físicos ya no son el centro del ritual?