JOAB LEVI APAEZ ESTRADA / 91.5FM
Hubo un momento en que Justin Bieber no estaba en un escenario, sino en una duela de la NBA. Sin playback, sin autotune y sin fans gritando letras. Solo él, un balón y miles de personas esperando que fallara.

Fue durante el NBA All-Star Celebrity Game, ese evento que mezcla espectáculo y deporte y que suele tomarse poco en serio. Bieber llegó como una estrella pop en pleno ascenso, rodeado de expectativas bajas y miradas escépticas. Para muchos, era solo otra celebridad más invitada para atraer cámaras.

Pero el partido avanzó y algo cambió: Justin sí sabía jugar. Se movía con soltura, leía la cancha y, sobre todo, competía. No jugaba “a parecer simpático”, jugaba a ganar. Terminó siendo MVP del partido, un título simbólico, sí, pero poderoso en un espacio donde la credibilidad no se regala.

Ese momento fue más que una anécdota deportiva. Fue una grieta en el estereotipo. Bieber —constantemente subestimado por su imagen— demostró que también podía habitar otros territorios sin pedir permiso. En la cultura pop, esos cruces importan porque redefinen quién puede ocupar qué espacios.

Tal vez no recuerdes el marcador. Tal vez ni siquiera viste el partido. Pero ese día quedó claro algo: a veces, las figuras más cuestionadas solo necesitan el escenario correcto para demostrar que sí pertenecen ahí.