JOAB LEVI APAEZ ESTRADA / 91.5FM
En Mi pobre angelito hay una escena breve que muchos recuerdan sin esfuerzo: un músico bonachón, una camioneta llena de polka y una conversación improbable en el camino. Ese personaje, Gus Polinski, aparece poco… pero se queda para siempre. Detrás de él estuvo John Candy, trabajando durante 23 horas seguidas por casi nada de dinero.

En 1990, John Hughes llamó a Candy para pedirle un favor. No era un protagónico ni un gran contrato: un papel pequeño, un solo día de rodaje. Candy aceptó sin negociar. Llegó al set a las 4:30 de la madrugada y no se fue hasta la madrugada siguiente, grabando todas sus escenas de corrido.

El acuerdo incluía libertad total para improvisar. Así nació Gus Polinski, el “Rey de la Polka”. La famosa anécdota del funeral en la camioneta —una de las escenas más recordadas— fue completamente improvisada en plena madrugada. Catherine O’Hara ha contado que Candy no paraba de lanzar ideas, una tras otra. Macaulay Culkin lo describiría años después como una presencia cálida y casi paternal en el set.

Por esas 23 horas de trabajo, John Candy cobró el salario mínimo del sindicato: 414 dólares, menos que otros actores con apariciones menores en la película. Aun así, su breve participación terminó siendo uno de los momentos más humanos y memorables del filme.

La historia no habla de explotación ni de nostalgia barata. Habla de algo más raro en Hollywood: un actor que entendía que el impacto no siempre se mide en minutos en pantalla ni en ceros en el cheque. John Candy estuvo poco tiempo en Mi pobre angelito, pero lo suficiente para quedarse con generaciones enteras.